Activar y desactivar palabras

En la novela, como en la vida, tiendes a calificar –o descalificar– un discurso no sólo por sus conceptos sino por quién hace uso de ellos.

“Cómo funciona una palabra es algo que no puede adivinarse, hay que mirar su aplicación y aprender de ello”, decía Wittgenstein recordando que, en el lenguaje, el uso es el conocimiento. Por más que analices la palabra manzana no comprenderás qué significa si no sabes qué hace la comunidad con ella, a quién o a qué llama al decir manzana. El lenguaje humano no es digital sino analógico, necesita las comparaciones, las imágenes que habitan en lo que se dice. Aunque la exactitud y lo analítico sean también parte del pensamiento y puedan transmitirse en el lenguaje, no lo son todo. Por eso el combate semántico nunca descansa.

La literatura es uno de sus campos de batalla. Para lograr el desprestigio de lo revolucionario una extensa nómina de las novelas asigna, por ejemplo, discursos radicales a personajes fríos, crueles, deshonestos o traidores. De este modo desactiva el sentido de palabras que dichas por personajes compasivos podrían significar algo diferente.

En la novela, como en la vida, tiendes a calificar –o descalificar– un discurso no sólo por sus conceptos sino por quién hace uso de ellos. Por eso duele cuando personajes públicos en quienes no confías se apropian de las palabras ganadas a pulso por generaciones en lucha. Odias que mientan, que quienes aprobaron leyes privatizadoras cuando estaban en el poder ahora las critiquen. Sus promesas en poco pueden ser creídas, pero además convierten el lenguaje de, pongamos, el respeto a lo público, en erial de malas hierbas.

A veces imaginas que si usan esas palabras, si se las apropian, si necesitan desactivarlas, es porque las temen. Entonces hasta tienes deseos de asentir: justicia, igualdad, revolución, lo público; adelante Pérez Reverte, Muñoz Molina, PSOE, etcétera, decidlas todas porque un día, sin daros cuenta, las palabras que usáis también os usarán y tendréis que ponerlas en práctica. A veces piensas que el cinismo sería aún peor, pues basta con enunciar que algo no importa para que empiece a importar un poco menos. Pero todo parece indicar que la hipocresía no es ya el tributo que el vicio debe pagar a la virtud sino el anzuelo, la maniobra de distracción para que el bien, lo común, lo público, caminen levemente distraídos mientras el tiempo vuelve a morir en nuestros brazos.

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