Dignidad y rabia de mujeres, frente a esclavitud de guerreros, en Hécuba

Julio Castro – laRepúblicaCultural.es

Sangre y una cierva en el regazo de su madre, son los signos que Polixena (María Isasi) ha visto en su sueño, pero Hécuba (Concha Velasco) ya no cree en sueños. Por eso, cuando el espectro de su hijo Polidoro (Luis Rallo) se le aparece para decir que ya se encuentra en la oscuridad, ella no cree o no acaba de creer que su última esperanza, la del hijo que ha confiado al tracio Polimestor (Alberto Iglesias), pueda haber sufrido daño alguno, mientras Troya yace en ruinas y todas las mujeres vivas son hechas esclavas por los señores de las ciudades griegas.

La adaptación de Juan Mayorga nos presenta unas troyanas poco usuales, porque les mantiene su dignidad de la estirpe que vienen, ya sea realeza o ciudadanía, pero mansamente sometidas a la sumisión de la esclavitud que habrán de arrastrar el resto de sus días. “¡Alzaos, troyanas! ¿por qué os inclináis ante mí?” exclama Concha Velasco en su personaje protagonista; es la reina Hécuba, que aguarda una desgracia familiar tras otra, a la vez que espera el destino de esclavitud. Y así, la siguiente llega de la mano de Ulises (José Pedro Carrión), que con su afectada superioridad en la voz le comunica que su hija será sacrificada sobre la tumba de Aquiles, para rendirle tributo.

Debo confesar que el “efecto Mérida”, los efectos de sonido iniciales y el arranque de las voces en el canto inicial “Viento…”, ponen los pelos de punta a cualquiera, y sin duda me hacen entrar, precipitarme en la obra de cabeza: es difícil mantener ese nivel. Y la voz de Marta de la Aldea va incitando al resto a sumarse a su viento, como luego lo harán con el resto. Curioso conocer esta voz en los escenarios musicales de Madrid desde hace años, para pegar el salto al teatro romano emerientse, y comprender que se puede ser buena cantante y expresarse en el marco actoral con fluidez.

Digo que es difícil mantener el nivel, pero también digo que si alguien puede hacerlo es doña Concha. Una mujer que a lo largo de los años (y la llevo viendo desde niño en distintas facetas) ha evolucionado para llegar a un punto como este. Porque en realidad, ciertos trabajos de los que le han tocado hacer, por más que vendan fácilmente, no son el estilo al que yo me acerque, pero sin duda, la profesionalidad está ahí. Desde siempre. Y parece que una carrera como la suya la haya conducido a un papel como este, en el que toda esa experiencia se abre en todo su esplendor, desde la primera voz hasta que la última se confunde en aullido, metamorfoseada en perra.

José Carlos Plaza nos ha querido presentar un escenario lleno de realismo, que tal vez otros lugares tengan más difícil recoger, aunque en realidad, poco más importará que la dirección que ofrece en este elenco que, ajustes aparte que traiga el rodaje, ha logrado hacer un trabajo verdaderamente colaborativo: en su mayor parte, desde actores/actrices hasta coro de cautivas, hay comunicación en escena. En ocasiones, y según la posición, hay algunos problemas con los sonidos de los altavoces más externos, pero no merma el trabajo escénico (el precio de usar sonido amplificado en el teatro).

Espero tener la ocasión de estudiar hacia donde evoluciona el movimiento en la obra (especialmente en personajes secundarios), porque parece prometer un proceso mucho mayor en el conjunto cuando haya tenido la necesidad de adaptarse a otros espacios, y casi hace desear que una parte más física debiera haber crecido en un par de momentos en el segundo plano para recalcar aún más el personaje principal.

En la acción, queda patente la dificultad de la reina convertida en pueblo esclavo, que sufre junto a las suyas, pero que no deja de tratar de arrastrar al resto hacia su causa perdida, la de su venganza, mientras todo el entorno de los hombres se vuelve en su contra, porque, además de reina, enemiga y vencida, es mujer, pero ella arremete en su discurso: “el más feliz no es el rey, sino aquel que día a día evita su encuentro con el mal”. Y tal vez aquí resida el discurso de su trayectoria, en el que señala la lección contra reyes, dioses, amos y, en su caso… hombres que las someten, maltratan y asesinan. Qué poco cambia el mundo, y qué nada han cambiado las guerras.

Pero no duda en recriminar a Agamenón (Juan Gea), la cobardía que muestra ante sus propios hombres, como consecuencia de la conveniencia para sus intereses “tú, general, temes a tus soldados. Yo, tu esclava, ya no temo a nadie”.

Los temas musicales, concretamente los dos primeros, me parece que están muy bien construidos y colocan al público en situación en cada una de las escenas en que se incluyen. El tercero, más “comercialoide”, deja sin embargo ver la idea de una construcción muy interesante, en la que se van incorporando las voces, y deben esperarse unas a otras para encajar y encontrarse: muy cercana esta idea del tema, al concepto del argumento (es la parte musical la que no me encaja aquí, por más que sea muy aplaudida).

Pero, como vengo a decir, todo el trabajo resulta muy bien defendido, en la parte actoral, o en la musical y, en conjunto, conteniendo muy buenas cabezas.

La producción inicia su gira en este teatro, entre ruinas humeantes de una playa troyana sin mar, en el estío romano extremeño, y por los datos, es de esperara que giren más de un año con este trabajo, porque lo merecen.

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