Sofía Castañón, Deborah Vukusic e Inma Luna, tres grandes poetas en una noche de poesía Inversa

 La palabra transforma el espacio poético en escénico.

No está mal dejar lo mejor para el final, como hace unos días en el recital de poesía Inverso que, en las Naves del Matadero de Madrid, reunía a editoriales y poetas, entre l@s cuales, Sofía Castañón, Deborah Vukusic e Inma Luna. Lo cierto es que hubiese preferido que las tres poetas estuvieran al comienzo de la sesión, porque me parece que hay muchos solemnes aburridos en estas historias, que no acaban de salir al mundo exterior para darse cuenta de que hay otras vidas y otros ritmos que los que se esconden en los estantes de sus propias librerías. Y no hablo tanto del contenido (que a veces también), como de la vitalidad de encontrar la propia poesía (la escrita, la recitada y la vital), con la de gentes que no toman la palabra (la escrita, me refiero ahora), o no la hacen pública, pero sí quieren escuchar y conectar con quienes poseen ese ritmo poético que son capaces de expresar.

La suerte es la de presenciar a tres mujeres que andan en esos parámetros, en los de la necesidad de hacer lo suyo a la vez que buscan el encuentro, compartir y no dictar su forma poética. De Inma Luna ando más que sabido de esto, por los encuentros vitales en las calles, en los teatros, en los bares y, por qué no, en los recitales suyos y ajenos. Por eso no me sorprende que publique un nuevo poemario que acaba de salir y que estaba en esa feria que acoge al Inverso, pese a la crisis en todo, que acaba acogiendo a valores “seguros” de entre los valores innovadores.

Los que no había podido presenciar aún eran los ritmos y las formas de las otras dos poetas, tan distintas, pero tan interesantes a la vez. Porque Sofía Castañón sí que estaba recogida entre las páginas de esta misma revista y, precisamente, de la mano de las Provocaciones poéticas de las que se encarga Inma Luna. Creo que sus poemas están en ese entorno en el que lo personal trasciende todo para convertirse en un espacio de encuentro colectivo, y así trata de hacerlo esa noche, y aunque parece que arranca un tanto distante, al poco estás dentro de su propio discurso, o te está mirando fijamente cuando separa los ojos de su texto, o te traslada a la proyección que se encuentra a su espalda, en ocasiones tan dura con sus poemas. Y no me importa decir que me sobra que esté con el teléfono de moda en la mano leyendo en él, porque, por ejemplo, cuando hace una pausa, uno no sabe si es parte de su recital o bien no le está cargando el aparato. Tampoco creo imprescindibles las proyecciones que a veces parecen plato principal, pero sí es verdad que pueden tener su gran interés en segundo plano, así que en esta ocasión me divido entre una y otra opinión. Es que creo que la persona, la que escribe (ha escrito), la que dice sus textos, tiene una gran importancia como para que nos salgamos de ella y veamos una “peli”: prefiero ser capaz de cerrar los ojos, escuchar, y poder regresar de vez en cuando. Bueno, con Sofía Castaón sí es posible, aunque traiga los periféricos acompañando su poesía.

Deborah Vukusic es muy diferente (como decía antes, las tres lo son, a lo mejor por eso me parece que he hecho una noche muy rica, porque son tres poetas muy diversas y capaces de mantenerme sobrevolando el momento de sus textos en directo), y es diferente en el sentido de que le sobra todo menos la gente: apenas se aguanta las ganas de “contar lo suyo”, es un manojo de emociones que, si no me equivoco, sigue siendo igual fuera de allí. Su sentido dramático está allí, como también estaba en Sofía, como también está en Inma, pero cada una en su estilo. Deborah nos asalta con unos textos autobiográficos o parcialmente autobiográficos. Estamos en plena guerra de Croacia y Serbia, o más bien en los restos de la guerra, y no puedo dejar de recordar lo de Bertolt Brecht en Madre Coraje: “El miedo de verdad llega con la paz, porque entonces tienen que pagar lo que han perdido”. No por el tono de ella, al contrario, que a veces parece que cuenta un chascarrillo dentro de una tragedia, que asume como suya, como familiar, como aventura pero como consecuencia de una aventura, sea propia, sea ajena. Tengo la sensación de encontrarme ante una gran cuentacuentos, ante una especie de relato épico de tarde de invierno y chimenea, que escucharía toda la noche, si no fuera por la impaciencia de una noche de poesía, en la que todo prosigue. Tendré que seguir leyendo a Deborah, o ir a donde me lea, que seguro que es más divertido.

Y vuelvo a una realidad de stands editoriales, ruido y pasilleo, que da paso a Inma Luna, que, como siempre, acomete su intervención con la voz rasposa que hace más íntimo lo que dice, lo que lee. Tiene su punto de travesura, de chica mala que se esconde detrás de un cierto “candor inocente”, y que aplica donde y cuando convenga en los recitales. Sobre todo si el público le transmite esa necesidad, así que pasa de lo más serio y formal (si es que se puede decir que lo sea), a ese otro punto de provocación poética. Y en esta ocasión, como la noche pintan copas (a lo mejor las que nos vamos a tomar en grupo más tarde) y la sociedad siempre pinta bastos o espadas, se viene arriba y desde su No estoy limpia, del anterior poemario, nos hace un recorrido por los últimos inéditos, de aquella educación en colegio de monjas, de la represión infantil y juvenil, que ahora retorna (aunque no lo dice, pero lo sabe). De su embarazo-matrimonio, y de lo que nunca le dijeron, que es de donde sale lo que ahora ella sí nos dice. Tampoco le hace falta mucho atrezzo, más que un bote vacío de champú y muchas ganas, que arrancan aplausos y vítores a mitad de su intervención, aunque resulta que ella está tan metida en ese espacio-comunicación que ni es consciente.

A veces, las noches que uno duda de lo que se le viene encima cuando asiste a ciertas cosas, resultan muy divertidas, ricas y/o productivas para el intelecto y para el espíritu.

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Fuente: larepublica.es

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