Capitalismo e infelicidad

¿Por qué conformarte si puedes tenerlo todo?

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Ando desmadejada. Lola, mi nieta, también. Pienso en lo que me cuenta: un posible trabajo, becas, amores y desamores, inseguridades y en los miedos, inducidos, que acompañan la mayoría de sus decisiones. Me gustaría que fuera feliz, una vida repleta de satisfacciones individuales y colectivas. Me levanto por la noche, inquieta, y paseo, como Andreotti en Il divo, por la casa. La felicidad es no tener que pensar en ella, anotó Séneca. He vivido una parte importante del siglo XX, nací en 1929, y salvo contados instantes -que ya no recuerdo ni con pastillas- nunca he sido feliz. Busco opiniones, ideas, teorías y no encuentro acomodo. El capitalismo actual -la versión más salvaje de la Historia Liberal- genera, lo lleva inscrito en su estructura lógica de dominación, un estado de frustración permanente. Una insatisfacción física y ética que permite el control de la subjetividad y, por extensión, de la intimidad: el lugar donde se genera -desaparecida la conciencia colectiva de clase, vinculada al trabajo- la ideología, la semántica. Sospecho que la democracia de mercado, democracia de superficie dice Alain Badiou en “ l´Hipothèse communiste”  (Lignes, 2009), es incompatible con la felicidad. Aún más: incompatible con la vida.

Pienso en la felicidad, asociada con la alegría, libre de la metáfora y el mito, y arranco con el beneficio usurpado: la plusvalía. ¿Es posible aunar explotación y felicidad? ¿Cómo nos hemos conformado, en el Occidente judeocristiano, racionalistas desde Descartes, radicales desde Marx, con la idea de paraíso y, en estos tiempos mutantes, con el placer fugaz que proporciona el consumo? Los ideologemas del mercado nos rodean. Poco importa que sean de carácter psicológico, generadores de incertidumbre y dudas afectivas, por ejemplo, o económicos. No existe ninguna diferencia entre expresiones neoliberales como “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y “tengo miedo de tomar una decisión afectiva equivocada”. Vivimos una era de precariedad ideológica que arrastra, Sísifo, su vacío emocional. El caso es que repetimos, sin saberlo, cada uno de los principios de la ortodoxia emocional del capital. Una vez interiorizados, asumidos, creemos que expresan nuestro sentir y nuestra singular mirada sobre el mundo. En ese momento, satisfechos, hemos customizado nuestra existencia. Somos consumo.

Hablaron de la felicidad lejana, más allá de la muerte y, al instante, amenazaron con el infierno; prometieron -ahora que Dios ha muerto de aburrimiento- la felicidad asociada al consumo y la penuria contable nos impide acceder al placer. En el marco cultural actual, fijado el canon de felicidad en el uso y disfrute de bienes, la paradoja nos asalta. El capitalismo ha reducido la idea de felicidad al instante del consumo, sea material o emocional. Sin embargo, cercenados del placer por la imposibilidad, ¿qué hacer? La solución es, por supuesto, individual. Terapia, autoayuda, refugio en el trabajo, la salvación de la subjetividad por la disfunción: la sacralización de la enfermedad, alguna imaginaria, alguna psíquica, por la vía de la diferencia. Eva Illouz, una vez más, con escalpelo, ha analizado la cuestión en “La salvación del alma moderna” (Katz, 2010). “¿Por qué conformarte si puedes tenerlo todo?”, dice una campaña publicitaria de máquinas de afeitar. Recuerda Spinoza: “No son las armas las que vencen los ánimos, sino el amor y la generosidad.” Pisar el acelerador no siempre es la forma de ir más rápido. Frenar menos y soltar lastre es otra posibilidad. Cito a Foessel: “La privatización de lo íntimo concierne más al registro de la confusión que al de la desviación moral: se sustituye una utopía concreta por la fantasía de una afectividad dispensada de los equívocos del mundo vivido. Esta denegación de la fragilidad y este ideal del control tienen consecuencias políticas. “ La privación de lo íntimo”  (Península, 2010).

Lola suspira. Repasa estanterías. Abre y cierra libros buscando el sosiego que no encuentra. Es curioso comprobar cómo las costumbres -hago lo mismo- se contagian. Enciende velas, coge una manta y pone un disco de Van Morrison. Suena Have I told you lately that I love you? Me retiro. La exaltación del amor es una de las características del estado líquido. Vuelvo a Marx: Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Un escudo contra la ideología de la clase dominante.

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