La crisis aumenta las diferencias de salud de las personas según su clase social

LA SALUD DESDE LA PERSPECTIVA DE LA DESIGUALDAD SOCIAL: XI EDICIÓN DE LA JORNADA SOBRE “DESIGUALDADES SOCIALES Y SALUD”.

El objetivo de estas jornadas fue ofrecer un espacio de intercambio de conocimiento y reflexión sobre el impacto de las “reformas” justificadas por la crisis en las desigualdades sociales sobre la salud.

La crisis económica resulta ser una enfermedad de larga duración, y de difícil recuperación. Sus consecuencias se ven en las diferencias sociales entre los grupos de población que se han visto menos afectados y aquellos que más se han resentido. Estas diferencias reflejan desigualdades en el mercado laboral, en el ámbito de la educación y, por supuesto, en la salud y las políticas sanitarias.

Al igual que en ediciones anteriores, en Cádiz confluyeron profesionales de la economía, de la sociología, de la medicina y, este año por primera vez, de la demografía. Juan Antonio Cordón –demógrafo y economista– fue el encargado de inaugurar las Jornadas, y reflexionó sobre la necesidad de integrar el enfoque demográfico en el análisis de la situación social. Cordón destacó la importancia de la demografía, siempre en relación con otros fenómenos sociales, como los cambios producidos en el mercado laboral o la estructura de los hogares y las familias.

El impacto de la reforma laboral, por tanto, se debe medir a partir del conocimiento de los cambios demográficos. La reforma de las pensiones se asienta en la lógica de que en un futuro existirán más personas mayores, por lo que será necesario aumentar los años de cotización. Sin embargo, el envejecimiento no es una “patología social” sino, según Cordón, “una característica de la evolución demográfica, que depende de otros cambios sociales”.

Principalmente, de la economía y el empleo, pero que se ha enfocado desde un prisma neoliberal, que prima la capitalización de las pensiones, frente al reparto igualitario de la riqueza.

Contextualizar la salud

El modelo social actual favorece las desigualdades, con la repercusión que estas tienen en la salud de la población. La salud implica mucho más que su consideración por criterios biomédicos, genéticos o físicos. La salud tiene que explicarse además a partir de factores generales, como el contexto social, económico y político. Es con esta información cuando se puede llegar a tener una visión de los “estilos de vida” de las personas.

Unai Martín, investigador y profesor de la Universidad del País Vasco, argumentaba que hay diferencias en los niveles de salud de las personas según su clase social. Para Martín, estas diferencias son “evitables, innecesarias y, desde un punto de vista ético, injustas” ya que las desigualdades en salud “son un producto social”, por lo que pueden intervenirse para su erradicación.

La variable más utilizada para conocer la salud de una población es la mortalidad. Que la mortalidad descienda suele ser positivo para, por ejemplo, el diseño de reformas como la de las pensiones. Si la gente muere más tarde, habrá más personas con menos de 65 años, es decir, en la “edad productiva”. Sin embargo, Martín señala: “La mortalidad resulta una variable débil al valorar la salud de una población”.

Si en vez de medir cómo y cuándo muere la gente se mide cómo se vive, las diferencias sociales salen verdaderamente a la luz. A partir de aquí, se pueden hacer proyecciones sobre colectivos considerados social mente vulnerables, como las personas inmigrantes.

El nivel de estudios es otra variable a considerar, como demostró el investigador del CSIC Diego Ramiro Fariñas. Hay grandes desigualdades, de hasta 12 años menos de esperanza de vida a los treinta años en hombres analfabetos respecto a hombres con estudios superiores. En mujeres, la desigualdad es algo menor. Esto demuestra que pesa menos la desigualdad territorial que la social.

Otro dato relevante, según Ramiro Fariñas, es el mayor riesgo de muerte en hombres que han estado parados, que entre ocupados, al margen de estudios, estado civil, edad y lugar de residencia. Para este investigador, el aumento de la mortalidad depende de la privación material y social por su posición social.

La salud y democracia real

También en esta Jornada se ha hablado de participación y democracia real, en este caso, en el ámbito de la salud y las políticas sanitarias. Por ello se han escuchado reflexiones como las de Francisco Lorenzo, coordinador de Estudios de la Fundación FOESSA.

Lorenzo destacó la necesidad de cambiar la perspectiva que se tiene del gasto social: “no debe verse como gasto, sino como inversión”. “Se priorizan objetivos sociales, pero luego es el mercado el que valida cuáles se llevan a cabo y cuáles no”, comenta Lorenzo. Ante ésto, advierte que es necesario preguntarnos qué sociedad se está construyendo, y el tipo de sociedad que queremos.

Uno de los problemas del gasto sanitario es, según Demetrio Calvo, de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Zaragoza (FAVZ), “que un porcentaje muy alto de este gasto corresponde al gasto farmacéutico”. Mercedes Gutiérrez, también de la FAVZ, apoyó está idea del control público con la presentación de un proyecto que persigue incrementar la participación ciudadana en los barrios.

Antonio Vergara, presidente de la Asociación de Defensa de la Sanidad Pública de Andalucía, también defendió que los cambios sociales tienen que venir de los movimientos ciudadanos”.

Género y salud percibida

El Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA), del CSIC, presentó una investigación en la que recoge datos sobre la “salud percibida” en hombres y mujeres mayores de edad. Esta “salud percibida” es un excelente indicador, ya que va más allá de los indicadores considerados “objetivos”. Éstos no tienen en cuenta la salud como un estado en el que influyen factores del contexto social.

Así, se puede comprobar que hombres y mujeres no perciben la salud igual. Las mujeres mayores muestran una peor autopercepción de su salud en comparación con los hombres. Según estos resultados, las desigualdades de género en salud constituyen “un problema que debe visibilizarse para determinar si existen elementos sobre los que las políticas públicas puedan incidir”.

Juan Antonio Fernández Cordón, demógrafo y economista
“El pensamiento único sabemos a qué conduce“

DIAGONAL: En relación al 15M, ¿qué implicaciones cree que tiene para el contexto actual?

J.A. FERNÁNDEZ CORDÓN: Lo que ocurre es importante, pero está en la etapa de toma de conciencia y manifestación de que esto no puede seguir así. Todo ha funcionado como un aparato de acaparar riquezas de unos pocos, a costa del empobrecimiento de muchos, las capas de la población que tienen menos defensa, o que no aparecen tanto. Entonces, lo primero es decir que no es normal, que no aceptamos que esto sea inevitable, y queremos ponernos a debatir sobre qué hacer.

D.: ¿Cuál puede ser el impacto de este movimiento en la actual crisis económica y democrática?

J.A.F.C.: Este tipo de movimientos son los que permiten que poco a poco se forme un pensamiento sobre estas cuestiones que sea distinto del pensamiento dominante, porque el pensamiento dominante ya sabemos a qué conduce. A rebajar las pensiones, a rebajar los salarios, a reformas laborales que permiten despedir a la gente, a que la sanidad pública reciba menos. Consiste en empobrecer, ya lo sabemos, y esto tiene que generar un pensamiento distinto. Hay que plantear los problemas, debatirlos, y llegar a conclusiones. La solución la tenemos todos juntos en la cabeza.

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