De machismo borbónico, ropajes, tocados y chapuzas democráticas

Carlos Tena

Me es hidráulico que caigan sobre mí y mi conciencia las diatribas de las féminas del PPSOE en el parlamento del régimen español. ¿Quién va a negar   a estas alturas la igualdad que debe existir entre personas, independientemente de su militancia política, sexo y creencias? Lo que ocurre es que la igualdad no es combatir por un reparto igualitario entre hombres y mujeres, sino en que el Estado proporcione a sus ciudadanos y ciudadanas un mismo nivel de oportunidades en todos los terrenos. Aclaro por tanto que estoy en contra de aplicar aquello del 50%, por injusto, irracional e infantil. El igualitarismo es tan absurdo como la militancia ciega.

La finca de donde salen los senadores/as y diputados/as, las listas que se fabrican en las familias de los partidos, salen de las manos de un prestidigitador que, a su vez, ha surgido de otro cubículo donde conspiran banqueros, millonarios, miembros de la milicia, del CNI, personas de la innoble nobleza, embajadores de USA, Alemania, parásitos/as del FMI, del Grupo Bilderberg y varios maestros/as en el arte de la propaganda y la publicidad. Es lo que yo llamo Democracia Vertical.

Haciendo votos por la normalización de esa igualdad, siempre a favor de quienes han sido históricamente vejadas y humilladas en sus derechos políticos, denuncio la desigualdad que existe hoy en los hemiciclos, producto de una aberrante deseo por mostrarse proclive a ese infantil absurdo del “fifty-fifty”, con el objetivo de que parezca que el régimen monárquico considera a las mujeres con la misma potencialidad cerebral que los hombres, aunque en el fondo sea una falacia.

La aplicación de las matemáticas como solución al problema de la discriminación, no es sino un signo de buena voluntad, al que acompaña un riesgo continuo de fracaso en la gestión de buena parte de los diputados/as y senadores/as. Eso sí, unos sueldos al nivel de controlador aéreo, donde por cierto no se cumple eso del 50%, porque las féminas no parecen estar interesadas en ese tipo de trabajo.

De seguir en esa estrategia del porcentaje porque sí, deberíamos investigar si en los ministerios, universidades, diputaciones, ayuntamientos, colegios de ingenieros, confederaciones empresariales, sindicatos y otros predios, se batalla por ese cincuenta por ciento, que para colmo, obligaría a los partidos capitalistas (o sea, al noventa y nueve por ciento del arco político) a encontrar, por fuerza, a mujeres que, con o sin exquisita preparación, con la mejor de las voluntades o la peor de las ignorancias, se dedican a mostrar su amplio o nulo criterio, su capacidad de decisión o falta de rigor, pero una estupenda sonrisa y un oportuno vestuario, que es el quid de la cuestión a la hora de hacer política en el reino borbónico. Pero además ¿han sido son los gobiernos españoles, exigentes y coherentes en su demanda igualitaria? Por supuesto que no.

¿No es acaso aberrante, desde un estricto cumplimiento de la ley, exigir a la familia real que deje ya de discriminar a las mujeres Borbones, llamándolas Infantas, sin derecho a ocupar el trono, y sin embargo promocionar a un Príncipe, a un descendiente macho del actual monarca franquista, en detrimento de esa igualdad que consagra la Carta Magna? ¿No están permitiendo que la dinastía española más dañina, absolutista y miserable que ha padecido nuestra historia, siga aplicando una Ley Sálica disfrazada? Ni uno solo de los y las señorías han tenido la decencia de denunciar ese machismo imperante, y la aberración jurídica que permite al Borbón cometer cualquier delito sin que sea posible aplicarle la ley.

A eso, que es tan inmoral o peor que la misoginia, se le llama cobardía, hipocresía barata y basura política; las mismas “virtudes” que impiden a sus señorías (ellas y ellos) no plantearse la violencia, la tortura y los malos tratos, cometidos en las dependencias policiales o en plena calle, como un problema real de la España moderna. Para el Parlamento es normal que se condene a una madre o un padre por propinar un bofetón a un hijo, como lo es también condecorar a un genocida, a un asesino, a un torturador y a un delincuente común.

Me divierto mucho viendo a sus señorías mirando el dedo de un aspirante a corredor de Bolsa (como el que mira al índice que señala la Luna), para saber qué tienen que votar a la hora de la verdad (olé, la libertad de conciencia), pero igualmente lamento los desfiles de modelos y tocados en que se convierte el hemiciclo, cuando muchas de las allí presentes, maestras en la manía de mostrar un vestuario cada día diferente (la señorita Pepis es su ejemplo), parecen más preocupadas por la chaqueta o peinado que lucen, que por los proyectos presentados; tal esperpento alcanza su clímax con el despliegue habitual de la Vicepresidenta del gobierno, cuyos trajes harían la delicia de Woody Allen o Groucho Marx, tomando a María Teresa Fernández de la Vega por la señora Rittenhouse o Claypool (sin la gracia de Margaret Dumont), que además, acostumbra a maquillarse cual ave tropical, olvidando algo esencial como es la discreción, la naturalidad y la sencillez.

Que me crucifiquen, pero observando de pasada la indumentaria de las señorías populares, encuentro una sospechosa circunspección y mesura, tal vez asumiendo que lo de Gürtel no es un caso que debiera repetirse en el seno de los neo franquistas, y que por tanto no deben lucir atavíos espectaculares, excepto si los Reyes les invitan a cantar las alabanzas a la monarquía, en cuyo caso las tiendas y boutiques más caras de España, saben que obtendrán un suculento dinero procedente de la familia PPSOE.

Sus señorías quieren aparentar no una eficacia en su discurso, sino como Belén Esteban o Javier Sardá, sus logros físicos y ornamentales, con el fin de disimular la absoluta carencia de ideas, de contenido y argumento que asolan sus partidos, porque estoy seguro de que en su fuero interno no creen ni la mitad de lo que dicen, con tal de asegurarse el sueldo y las dietas.

Todo ello vino cuando el patético Circo Socialista llegó a las Cortes españolas, al mando de Felipe González, quien vertió toda su mediocridad, su miseria moral y personal, en aquellos años de supresión de libertades publicas y terrorismo de estado, que distinguieron su paso por la Moncloa. Es curioso que el Señor X no haya cumplido aquel aserto, tan paleto como burdo, cuando aseguró que “Prefiero morir asesinado de un balazo en el Metro de Nueva York, que de aburrimiento en el de Moscú”. Lógica reacción de ese analfabeto funcional, que ignora las delicias del suburbano moscovita; aunque resulta curioso que no siga los pasos de su colega Uribe (maestro de maestros en crímenes desde la poltrona), para trasladarse a Washington o a la Gran Manzana. Felipe y Aznar formaron en su día un siniestro dúo de clowns, al estilo del payaso-serio-payaso-tonto, el Gordo y el Flaco, Laurel y Hardy, Abbott y Costello, papeles que hoy encarnan Zapatero y Rajoy, pero sin maldita la gracia.

Aconsejo a aquellos que creen en una verdadera igualdad, que traten de llevar al ánimo de ellos y ellas la convicción de que por la fuerza bruta no se consigue la paz, sino el silencio, la muerte y el miedo, cuyos síntomas más lamentables son los millones de jóvenes que se emborrachan todos los fines de semana, en un acto cuyo trasfondo rezuma nihilismo, desesperación e incultura, mientras los progenitores tragan en casa programas basura tras noticieros muladares, en la convicción de que la democracia es tener muchos canales diferentes, pero dando la misma hez envuelta en celofán de colores.

Aconsejo a aquellos que creen practicar una verdadera igualdad, eligiendo el cincuenta por ciento de hombres y otro tanto de mujeres, que no se debe elegir ni colocar a nadie en un puesto de responsabilidad, sea de uno y otro sexo, si no tiene condiciones para ello, aunque debas cumplir una cuota tan inútil como injusta. Es absurdo pretender una cámara, alta o baja, con 175 representantes del sexo femenino y otras tantas masculinas, cuando lo que hay que lograr es que hubieran 350 políticos elegidos por su capacidad, inteligencia y honestidad demostradas, y no porque lo asegure un secretario general. La democracia representativa no representa a nadie, excepto los intereses de la burguesía más reaccionaria y la banca privada.

Así se llega a la estupidez de enfrentar a una amiga de Donald Rumsfeld, como es Trinidad Jiménez y su Tamiflú, contra La Cólera de Dios, o sea, Aguirre y los Ciudadanos que no tienen ya Esperanza, para el cargo de Presidenta de la Comunidad madrileña; o siguiendo la infantil manía de los socialistas sin programa social, tratar de defenestrar a un ejemplar masculino, como Alberto Ruiz-Gallardón, de la alcaldía de Madrid, oponiendo a otro hombre, en este caso Jaime Litsavesky, cuya última imagen que yo recuerde, era la de un chaval feliz junto a una ciudadana griega, cuando un combinado de España y Catalunya ganó en Sudáfrica la Copa del Campeonato del Mundo 2010.

¿No seria mas divertido y más astuto, políticamente hablando, enfrentar al otrora ayudante de Joaquín Leguina (por cierto, íntimo de Gallardón) con la Esperanza que admira y protege a delincuentes como Carlos Alberto Montaner o Armando Valladares, y dejarle a la superamericana Trinidad frente al corregidor del PP?

La igualdad y la normalización, pasan hoy por tratar a ambos sexos sin divisiones en el campo de acción política. Lo que se está haciendo en el PPSOE es justamente, discriminación y sexismo; es tratar a las féminas como inútiles, ante una probable derrota surgida del enfrentamiento verbal con un hombre. El excesivo proteccionismo es aún más siniestro que el machismo.

Propongo por todo ello que los y las señorías vayan al Parlamento de uniforme, como los jueces, con una túnica o una toga, que les haría algo más humildes y menos cómicos. Al fin y al cabo, en un mundo militarizado, donde las invasiones y crímenes contra la Humanidad son perpetrados desde Washington y Tel-Aviv, desde su “democracia vertical”, sus señorías no hacen otra cosa que una instrucción permanente, porque en su día juraron una bandera. La enseña yanqui, por supuesto.

Fuente: www.kaosenlared.net

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